09 septiembre 2005

El escape del artista

Ayer al caer el sol mi ser entero pedía a gritos pista.
Entonces, y como acostumbro a hacerlo desde que tengo uso de mis facultades, me senté delante del papel y empecé a imaginar una historia para escribir.
Pensé en hacerla en tercera persona -así­ ganaría un poco de distancia de los personajes- y que el lector pudiera establecer un vínculo más “voyeur” con la situación que fuera a detonar.
Imaginé un cuento que contara la historia de un pintor encarcelado injustamente. Un personaje con el que cualquiera hiciera empatía. Un personaje de esos entrañables que nos dejan frases. Frases que nos acompañaran durante años de lectura y conversaciones con amigos.
Esas frases que se transforman en dedicatorias al regalar un libro. Pensé en hacerlo en tercera persona pero finalmente lo hice en primera.

La privación de la libertad siempre es un tema que da para tirar de la cuerda sin que esta no se corte enseguida.
Me vi a mí­, encerrado injustamente en un calabozo apestoso.
Me vi con ganas de volar, pero con las alas llenas de petróleo.
Me vi con una pierna rota, tirado como un montón de artefactos inservibles en el fondo de un armario. Alejado de la luz, escondido de la vida como lo innombrable, como las miserias que queremos olvidar para no volverlas a vivir una y otra vez.

Me vi sufriendo las más espantosas crueldades que la mente del Hombre puede imaginar y soportándolo todo estoicamente. únicamente para que, al menos una vez al dí­a, alguien pusiera en mi mano los instrumentos de mi alegrí­a. Un pincel, una tela y un montón de pomos de pinturas apretados por todos lados.

Pensé que esta historia tendrí­a el poder para conmover a cualquier lector desprevenido, un artista que alguna vez dedicó su vida a la contemplación de lo bello, hoy yace encerrado en el olvido y sin posibilidad alguna de redención.
Pensé entonces en dejar claro que la libertad de este artista de su castigo serí­a tan ilusoria que requeriría de un esfuerzo sobrenatural imaginarla siquiera, incluso para él. Su libertad serí­a tan ilusoria que ni en sus sueños más profundos la podrí­a ver.

Sus sueños de libertad eran inútiles y blasfemos como los rumores de que algún dí­a, el rey perdonarí­a su pobre alma de artista encerrado en el calabozo del olvido.
Les relatarí­a como semana tras semana desparramaba su frustración en un lienzo sucio:
La vida no es más que una piedra manchada por Dios con los colores del universo.
Repetí­a una y otra vez el artista encerrado.

Durante horas me imaginé la causa por la cual sufí­a este tormento.
Decidí­ que habí­a sido encarcelado por su capacidad de experimentar la belleza donde no la hay. Sus ojos poseerí­an la capacidad de abstracción como para tamizar una llamarada transformándola en una lluvia de algodones.

La ignorancia del monarca se habí­a encontrado con su envidia en un choque frontal. Habí­a hecho furia, y, luego de contemplar el mundo a través de las innumerables obras de este hombre prolí­fico, cegado por el odio, mandó encerrarlo.
Su argumento fue: Por engañar al reino mostrándole un mundo que solo existía dentro de su cabeza.

El cielo que veí­a el rey todos los días no era tan hermoso como en las pinturas del artista, el agua de los ríos del reino no era tan cristalina, el color verde de la realidad empalidecí­a ante los pastizales que reposaban gentilmente en los lienzos de nuestro artista. Evidentemente, el artista no necesitaba que la realidad fuera bella, pues el, era rey indiscutido en su mundo privado. No necesitaba su libertad, pues donde fuese, irí­a con él su capacidad de abstracción que lo ayudó a lograr que en su pintura, la horrenda fachada de la iglesia local, pareciera un castillo de cristal.

Entonces, lo encarceló, y prohibió en el reino que se vuelva a decir su nombre, quemó sus cuadros y prohibió que alguien vuelva a recordar su existencia. Los dos carceleros que lo atendí­an pasarí­an con él el resto de sus vidas, pues ya no podrí­an abandonar la última morada del artista, porque sus ojos estuvieron expuestos al embrujo de su aura.

Pensé en mostrar su escape, como se evadirí­a dibujando su libertad. Pensé en hacerlo uno con el lienzo, y que se vaya por un camino dibujado por su pincel hacia la tierra de sus sueños, hacia su pasado y su futuro. Lo observé yéndose, ante la mirada incrédula del rey que azotaba el cuadro contra el piso, en vano, porque jamás logró sacar al artista de su última caminata.

Pensé muchos finales diferentes y muchas maneras de escribirlos, pero finalmente me pareció una historia tan antigua y hermosa, que seguramente mil escritores ya la habrí­an
contado en mil idiomas diferentes.
La historia del artista que desapareció fí­sicamente, para vivir eternamente transformado en su arte

Escrito por Kill Bill.